¿Nadie escribe con los dientes?

Con renglones torcidos o adjetivos prominentes.
Con labios sellados
y la carta entre las muelas del juicio demente.
Claramente,
ofuscadamente,
instintivamente,
combate la placa bacteriana de algunas mentes,
persiguiendo un abstracto ente.
Con la lengua, siempre.

Con algunos picados mostrando sus negras letras.
Con alineados principios tragando saliva
observando al trapecista sueño,
que con empeño del momento se adueña
paseando el buen aliento,
la caricia,
el alimento.

Muerde,
perfecta,
habla,
imperfecta.

Con el higiene por suspiro de una boca,
que se enjuaga del alienado con lectura,
dentadura
y relectura erecta,
con chuparse los dedos no basta,
pero sana y será otro escrito mañana.
Con los colmillos del lobo desgarrando la pena.
Con la caligrafía de esas chicas,
un diente de leche,
que bajo la almohada se siembra
y unos versos florecen.
Mientras yo soy todo dientes.

Mastico, trago, escribo.
Y vuelvo a masticar.

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De mentira en mentira se cose el entretenimiento

En la camisa de la ilusión
descubre con fricción
un siete.
No es un gato equilibrista
que con red de múltiples vidas
se crece.

No es el más tonto de la lista,
ni el más listo en el fondo,
ni hoy sus versos lucen dos rombos,
ni es la vez más creativa que cae hondo,
la sonrisa no se atreve a traspasar el biombo.

De mentira en mentira
se cose el entretenimiento.
Puntada con desatino,
putada de los sentidos,
cruento y punzante destino,
unidireccional camino
que le lleva a andar
y desgastar y guardar la ropa
en el bazar de los recuerdos mejor vestidos.

Y los vendidos principios son un final,
el argumento un nudo en la garganta,
asomándose al precipicio de una conversación
cuando las palabras se lanzan al vacío.