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parezco tan dulce y soy feroz

(Esto es un ejercicio basado en un relato de Rosa Montero, “parece tan dulce”, el ejercicio consistía en hacer la otra cara del relato, así que esto es lo que se le ocurrió a este Txinaski que os habla. En los comentarios os pongo el relato verdadero de Rosa Montero.
Ah, y por si os interesa saber quien es el Sr. Dandridge… abajo os pongo una foto relacionada, todo un crack).

Parezco tan dulce y soy feroz. Veo como me miras desde el otro lado de la sala, y no conoces a la persona con quien estoy conversando. Es el señor Dandridge, venido desde EEUU, nada tiene que ver con tu gris empresa, pero con su imponente planta a ver quien es el guapo que le dice que él no trabaja aquí.
Veo como me miras y yo sigo conversando, ¿qué otra cosa puedo hacer? No me gustan estas estúpidas cenas de empresa, con estúpidos hombres, estúpidos seres humanos y estúpida comida. No son estas croquetas ni ese jamón serrano lo que me apetece llevarme a la boca. Pero… ¿cómo contar mi verdad?, ¿mi verdadero yo?

Yo Carmen Sánchez, una de las más prestigiosas abogadas laboralistas de la ciudad al menos hasta hace unas semanas, conversando con el hasta hace poco desconocido Señor Dandridge en la aburrida cena de empresa de mi maridito. Míralos, que patéticos son, como intentaban complacerme y hacerme sonreír mientras se pensaban que aquí me hallaba sola, una dama en busca de conversación interesante, pero vosotros no conocéis el significado de “interesante” y dudo que el de “conversación”, solo hacéis monólogos sobre lo supuestamente buenos que sois en vuestros trabajos. Y yo, si os dedico una sonrisa ya tenéis material para masturbaros esta madrugada al llegar a casa. Pero cuando el Señor Dandridge ha aparecido, no habéis sido ajenos a su fuerte aureola y poco a poco habéis agachado las orejas y os habéis ido apartando, dejándome a mí felizmente con él. Sois tan patéticos….

Y tú… mi maridito… si supieras que dentro de poco echaré a la basura esos potingues que a las noches me pongo en la cara… si supieras que ahora mismo me los pongo para fingir… si supieras que sé que nunca mas los voy a necesitar… que nunca tendré arrugas, que siempre me mantendré tal y como ahora soy, bella, poderosa…

En fin, todo empezó aquella vez en la que me quedé hasta tarde trabajando en el despacho… fue rumbo a la parada de taxis a dos manzanas del bufete donde en mitad de la noche escuché a mi espalda la melodía de strangers in the night, silbada, silbada por los labios más apetecibles que he visto en mucho tiempo. Silbaba y me miraba, a la vez que mordía una manzana, deseé ser esa manzana. Aquel misterioso hombre tenía un aura que me seducía sin posibilidad de oponer resistencia. Me quedé allí quieta, mientras él se acercaba, me quedé allí quieta, como hipnotizada por su mirada penetrante, deseosa de ser acariciada por su voz, por sus manos.

No puedo describir como es su coche, a grandes rasgos diré que era una limusina negra con negras ventanas, pero prefiero dedicarme a memorizar cada facción de su cara, cada gesto, cada palabra, cada tonalidad de su voz aquella noche. A su chofer siempre le vi de espaldas y aquella primera vez conversamos y conversamos y yo me sentía tan fuertemente atraída por ese hombre… Charlamos, bebí en una copa un liquido rojo que él me dió, no era capaz de decirle que no a nada, y le deseé, me acercó hasta casa y con un “hasta mañana” se alejaron de allí, y yo sintiendo una energía hasta entonces desconocida entré en casa y una vez en nuestra habitación me lancé sobre ti como una perra en celo y lo hicimos, o mas bien yo te lo hice a ti, mientras tanto fuera nevaba y tu no sabrías que si había estado tan fogosa fue porque estaba pensando en mi nuevo misterioso amigo Jerry Dandridge, el hombre que mordía manzanas de la forma mas sensual.

Desde aquel día mis pretensiones han cambiado tanto… mi carrera profesional, el formar una familia y todos esos bla bla bla. ¿ Sabes que a las mañanas cuando te levantas para ir a trabajar yo no me levanto una hora mas tarde? ¿Sabes que la luz del sol cada vez me molesta mas y que el invierno con sus rápidos anocheceres que antes odiaba ahora me encanta? ¿sabes que desde entonces a las 7 de la tarde salgo de casa para mi cita con el señor Dandridge? ¿sabes que vamos a bailar, que es todo un caballero y que bebo lo que él me da y también de sus conocimientos?¿sabes que quiero ser como él? ¿sabes lo aburrido que es el volver a casa sobre las 22:00 y hacerte ver lo duro que ha sido mi día de trabajo?¿sabes lo deprimente que es para mí el tener que fingir con una subcriatura como tu? Pero todo esto va a terminar. créeme que esta misma noche va a terminar…

Vaya, empieza a tronar, ¡cómo me gustan estas noches de rayos y truenos! Ahora puede que sea la ultima vez que me veas fingir en tu vida, como a mi anterior yo le asustaban las tormentas yo he de hacer el paripé y buscarte con la mirada. “Ay que miedo tengo. ay las tormentas que poco me gustan… ay mi maridito… donde estas… dame fuerzas con tu mirada…”, ahí estas, patético hombrecillo.

Pero todo esto va a terminar, es la ultima vez que finjo contigo, haré caso al señor Dandridge. Tras esta estúpida cena de empresa al llegar a casa te mataré, serás mi primera victima, beberé tu sangre y con ello me convertiré en una poderosa criatura de la noche. Mi felicidad y la de señor Dandridge será eterna.

noche-de-miedo.jpg

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3 Respuestas a “parezco tan dulce y soy feroz

  1. Txinaski Kalimotxozale ⋅

    Parece tan dulce – Rosa Montero
    Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero de entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.
    Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un máster en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el Director General. Y se lo había pedido por favor). Zaldívar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice.
    Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el Director General, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldíbar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados de la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados sólo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharla rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.
    Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un despacho laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas; se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldívar. Para mí no es, eso está claro; a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para enfrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas personas, me he sentido así, de cristal transparente; pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.
    Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:
    -¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, esa loción que se dan los hombres contra la calvicie?
    O bien:
    -Deberías cuidarte un poco más.
    No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de todos mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado. Pero sé que mi mujer sabe mi truco. Y también sabe que yo sé que ella lo sabe. Es humillante. Mi mujer es mi mayor enemigo porque me humilla.
    Quizá no es culpa suya. Quizá todo esto sea también tan duro para ella como lo es para mí. Al principio no fue así: al principio yo me miraba en ella y veía un dios. Sé que me quiso con locura. Lo sé, aunque no lo recuerdo; hoy me es tan difícil imaginarla enamorada de mí que, si no guardara todavía algunas arrebatadas cartas suyas, y, sobre todo, si no tuviera como prueba principal el hecho inaudito de que acabó casándose conmigo, creería que todo había sido producto de mi imaginación. Recuerdo, eso sí, que un día se apagó su mirada como se apaga la luz de un reflector. Y entonces yo dejé de estar bajo los focos y ya no volví a ser jamás el protagonista de esta mala película.
    Las mujeres son así. O al menos muchas mujeres, sobre todo las que son apasionadas, como ella. Son terribles porque lo quieren todo. Porque no se conforman. Porque en el fondo pretenden encontrar al Príncipe Azul. Y cuando creen haberlo hallado, se emparejan; pero al cabo de unas semanas, de unos meses, de unos años, una mañana se despiertan y descubren que, en lugar de haberse estado acostando todas esas noches con el Príncipe, en realidad lo han estado haciendo con una rana. Lo peor es que entonces desprecian a la rana y abominan de ella, en vez de aceptar las cosas tal cual son, como yo mismo he hecho. Porque también mi mujer es mitad batracia, como todos; pero a mí no me importa, incluso me gusta. A veces, por las noches, mientras ella duerme en nuestra cama común (que es un desierto), yo la vigilo agazapado en la penumbra, esperando el prodigio. Suspira ella, se agita entre sueños, unta de crema de belleza toda la almohada; yo escruto a mi mujer atentamente, la veo un poco rana, algo verdosa, me atrevo a ponerle una mano en la cintura, ella ronronea sin despertar, como si le gustase; me acerco más, me cobijo en la tibieza de su espalda como antes, palpitan los segundos en la noche, aquí estamos los dos siendo otra vez uno. compañera de charca al fin aunque sea dormida. Entonces me duermo yo también en esa postura inverosímil: y al cabo de un instante de plácida negrura alguien me sacude, me despierta. Es ella, que está erguida sobre un codo, contemplándome de cerca, la cabeza levantada como una cobra. La cobra mira a la rana y dice:
    -Roncas. Ya estás roncando otra vez. Date la vuelta.
    ¿Por qué sigo con ella? Parece tan dulce a veces, sobre todo cuando está callada, cuando está ensimismada en otra cosa: será por eso. ¿Y ella por qué sigue conmigo? Es una pregunta que no me atrevo a contestarme. Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:
    -Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-. Es como cuando dejas de creer en Dios en la adolescencia, cuando un día te das cuenta de que no hay cielo ni hay infierno y que esto es todo lo que hay.
    Dicho lo cual se levantó del sofá y se puso a hacer pesas furiosamente en un rincón de la sala: para qué, para quién. Si esto es todo lo que hay. a qué viene tanta gimnasia. Mírenla: está todavía guapa, ya lo sé. Quizá se arregle para Zaldívar. Para Contreras. Para Donatella. O quizá para ese hombre con el que lleva tanto rato hablando y que no sé quién es. Tal vez a mi mujer se le hayan vuelto a encender los faros de sus ojos y esté mirando a ese tipo con la luminosa mirada del enamoramiento, que siempre es la misma y siempre parece nueva. No quiero ni pensarlo. Antes, hace años, era celoso. Ahora tengo tantas razones para serlo que no puedo permitírmelo.
    Ese estruendo que acabamos de escuchar de algo que se rompe definitivamente no fue mi corazón, contra todo pronóstico, sino que me parece que ha sido un trueno. Sí, ahora truena otra vez, y a través de las ventanas se ve un cielo tan negro como el futuro. A ella le dan miedo las tormentas. Un miedo pueril que es parte de su cuota de rana, de imperfecta. Mírenla: ya se ha puesto nerviosa. Ha vuelto la cabeza hacia los balcones, baila el peso de su cuerpo de un pie a otro,,se cambia el vaso de mano. Está buscando a alguien con los ojos. A mí. No quiero ser pretencioso, pero me parece que es a mí. Sí, ya me ha visto. Me mira. Me sonríe. Es una sonrisa que nadie ve: un fruncir muy pequeñito de los labios por abajo. Sólo yo sé que ella está sonriendo. Sólo yo conozco esa sonrisa. Y yo le digo: “No te preocupes, ya sabes que en las ciudades siempre hay buenos pararrayos”. No se lo digo con la boca, pero ella entiende igual, desde el otro lado de la sala, lo que le he dicho. Esto es lo más cerca que estamos de la eternidad y del amor.
    Recuerdo momentos. Buenos momentos. Los tengo guardados en la memoria para los instantes de mayor desaliento. Recuerdo cuando enfermé de gravedad con la neumonía y ella estaba tan fresca y tan serena en el incendio de mi fiebre, sus manos arropándome, entendiéndome y perdonándome como las manos dé la Providencia. Recuerdo este invierno, cuando nevó y se cortó el fluido eléctrico: a la luz de las velas nos vimos distintos e hicimos el amor como si nos deseáramos, mientras los copos se asomaban sin ruido a la ventana. Recuerdo las canciones que cantamos juntos en el viaje de vuelta de Barcelona, mientras conducíamos por la autopista a través de la noche; y lo que nos reímos.
    Escuchad el ruido: está diluviando. Ahí fuera llueve, en la intemperie. Es una noche desabrida y cruel, una oscuridad inacabable. Ella vuelve a mirarme, en la distancia. Entre toda la gente que hay en la habitación, me mira a mí. Afuera cae del negro cielo una lluvia de desgracias y dolores, de cánceres, fracasos, soledades; de envejecimientos, de miedos y de pérdidas. Y yo aprieto los dientes y aguanto el chaparrón, y sé que quiero a mi enemiga con toda mi voluntad, con toda mi desesperación. Con lo mejor que soy y con mi cobardía.

  2. Defero

    Muy bueno, Txinaski. Me he leído primero el relato de Rosa Montero, para poder seguir el hilo sin perderme. Y la verdad es que ni por asomo se me habría ocurrido pensar que le darías ese enfoque vampírico.
    A lo mejor me animo y escribo yo mi versión, ¿me dejas? 🙂

  3. ana

    porque rayos no ponen el cuento original de parece tan dulce de Rosa Montero

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